Corazón

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Al entrar en Rosario, parecíale hallarse en una ciudad conocida. Ante su vista se ofrecían de nuevo calles interminables, tiradas a cordel, de casas bajas y blancas, cruzadas en todas direcciones, por encima de los tejados, por una maraña de hilos de la luz, telegráficos y telefónicos, semejantes a enormes telarañas, y un gran tropel de gente, de caballerías y de vehículos. La cabeza se le iba, y creía hallarse de nuevo en Buenos Aires, teniendo que buscar otra vez al primo de su padre. Anduvo cerca de una hora, dando vueltas y revueltas, pareciéndole que siempre se encontraba en la misma calle. A fuerza de preguntas encontró la casa de su nuevo protector. Llamó y se asomó a la puerta un hombre gordo rubio, áspero, con aire de administrador, que le preguntó descortésmente, con pronunciación extranjera:

—¿Qué se te ofrece?

Marco dijo el nombre del patrón al que buscaba.

—El patrón —le contestó el administrador— se fue ayer para Buenos Aires con toda la familia.

El muchacho se quedó paralizado.

Después balbuceó:

—Pero yo… no tengo aquí a nadie. ¡Estoy solo! —y le presentó la carta.

El hombre la tomó, la leyó y dijo con visible malhumor:

—No sé qué hacer. Ya se la daré dentro de un mes, cuando regrese.


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