Corazón
Corazón Era de noche. Entró en la ciudad y le pareció que se hallaba otra vez en Rosario por ver de nuevo las calles largas y rectas, flanqueadas de casitas bajas, cortadas por otras calles asimismo muy largas y rectas. Pero había poca gente. A la claridad de los escasos faroles encontraba caras raras, de un color desconocido, entre negruzco y verdoso. Alzando la vista, veía de vez en cuando iglesias de una arquitectura rara, que se dibujaban inmensas y negras en el firmamento. La ciudad estaba oscura y silenciosa; mas, después de haber atravesado el inmenso desierto, le parecía alegre. Preguntó a un sacerdote, y pronto halló la iglesia y la casa que buscaba; tiró de la campanilla con mano temblorosa, y se puso la otra sobre el pecho para contener los latidos del corazón, que se le quería subir a la garganta.
Le abrió una anciana, que llevaba una luz en la mano. Marco no pudo hablar enseguida.
—¿A quién buscas, pibe? —le preguntó la mujer en castellano.
—Al ingeniero Mequínez —dijo el muchacho.
La anciana hizo ademán de cruzar los brazos sobre el pecho y respondió moviendo la cabeza: