Corazón
Corazón —¡También vienes tú preguntando por el ingeniero MequÃnez! Me parece que ya es hora de que esto termine. Hace tres meses que no paran de molestarnos. No nos basta haberlo dicho en los periódicos; tendremos que poner carteles en las esquinas diciendo que el señor MequÃnez se ha trasladado a Tucumán.
El muchacho hizo un gesto de desesperación. Luego tuvo un acceso de ira y exclamó:
—¡Es una maldición! Está visto que me moriré sin encontrar a mi madre. ¡Yo me vuelvo loco! ¡Qué desesperación, Dios mÃo! ¿Quiere usted repetirme el nombre de ese pueblo, dónde se encuentra y a qué distancia de aquÃ?
—¡Pobre criatura! —respondiole la anciana, compadeciéndose de él—. ¡Casi nada! Yo creo que estará por lo menos a cuatrocientas leguas.
El muchacho se cubrió el rostro con las manos y luego dijo sollozando:
—¿Y qué hago ahora?