Corazón
Corazón —¿Qué quieres que te diga, pobrecito hijo? No lo sé. —Pero enseguida se le ocurrió una idea y añadió—: Mira, ahora que pienso, puedes hacer una cosa. Volviendo la esquina, a la derecha, en la tercera casa, encontrarás una puerta que da a un patio, donde vive un comerciante que sale mañana con sus carretas para Tucumán. Puedes ver si quiere llevarte, ofreciéndole tus servicios. Tal vez te asigne un puesto en alguna carreta. Ve enseguida.
Marco tomó su bolsa, dio las gracias de escapada y a los dos minutos se hallaba en un amplio patio como los de las posadas, iluminado por faroles de mano, donde varios hombres estaban ocupados en cargar sacos de trigo en unos grandes carros, parecidos a las casetas sobre ruedas que llevan los titiriteros, con la cubierta de lona redondeada y unas ruedas de gran diámetro. DirigÃa la operación un hombre alto, bigotudo, envuelto en una especie de capa con cuadros blancos y negros, que calzaba anchos borceguÃes. Marco se le acercó, y le formuló tÃmidamente su pregunta, diciéndole que habÃa llegado de Italia e iba en busca de su madre.
El capataz, o sea, el conductor de aquella caravana de carros, le miró de arriba abajo y le dijo con sequedad:
—¡No hay sitio para ti!