Corazón
Corazón —Llevo quince liras —le replicó el muchacho en tono suplicante—. Se las daré todas. Trabajaré durante el camino. Iré a buscar agua y pienso para las caballerÃas, haré todo lo que usted me mande. Para comer me basta un poco de pan. ¡Déjeme ir, señor!
El capataz volvió a mirarle y le contestó en tono amable:
—Mira, muchacho… La verdad es que no hay sitio libre. Además, no vamos a Tucumán, sino a Santiago del Estero. En cierto punto te tendrÃamos que dejar y aún tendrÃas que recorrer a pie una gran distancia.
—¡Estoy dispuesto a todo! —exclamó Marco—. Andaré lo que sea preciso, y llegaré de todas formas. Déjeme un sitio; por caridad, no me abandone aquÃ.
—Ten en cuenta que es un viaje de veinte dÃas.
—¡No importa!
—¡Y muy pesado!
—¡Todo lo aguantaré!
—¡Luego tendrás que ir tú solo!
—¡Nada me da miedo! El caso es encontrar a mi madre. ¡Tenga piedad de mÃ!
El capataz le acercó a la cara el farol que llevaba en la mano, y luego dijo:
—Está bien.
Marco, agradecido, le besó la mano.