Corazón
Corazón Una cosa le consoló algo, sin embargo, desde un principio. Al cabo de tantos días de viaje a través de la ilimitada planicie, siempre igual, veía delante de sí una cadena de montañas muy elevadas, azuladas y con las cimas nevadas, que le recordaban los Alpes y le producían la sensación de aproximarse a su tierra. Eran los Andes, la espina dorsal del continente americano, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fuego, bordeando la parte occidental de América del Sur, hasta el istmo de Panamá, con una longitud de 7.500 km, prolongándose luego con diversos nombres por Centroamérica y América del Norte hasta Alaska, en el Océano Glacial Ártico. También le animaba notar que el aire se iba haciendo cada vez más caliente. Y es que, avanzando hacia el Norte, se acercaba a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba pequeños poblados en los que no faltaba una tienda, donde compraba algo para comer. Por el camino se cruzaba con hombres a caballo; de vez en cuando veía mujeres y niños sentados en el suelo, inmóviles y serios, con caras completamente nuevas para él, de color tierra, con los ojos oblicuos y los pómulos salientes, que le miraban fijamente y le seguían con la vista, volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios.