Corazón
Corazón El primer día anduvo mientras se lo permitieron sus fuerzas y durmió debajo de un árbol. El segundo día recorrió menos distancia y con mayor depresión de ánimo. Tenía las botas rotas, los pies despellejados, y el estómago debilitado por la mala alimentación. Hacia el anochecer empezó a tener miedo. Había oído decir por su tierra que en aquellas regiones había serpientes. Creía oírlas arrastrarse; se detenía, echaba a correr y sentía escalofríos en los huesos. A veces sentía mucha lástima de sí mismo y lloraba silenciosamente conforme iba andando. Luego pensaba: «¡Cuánto sufriría mi madre si supiese que tengo tanto miedo!», y este pensamiento lo reanimaba. Después, para dominar el miedo, pensaba en muchas cosas de ella, traía a su memoria lo que había dicho al salir de Génova, y el modo con que le arreglaba la ropa de la cama cuando estaba acostado; y cuando era niño, que a veces lo tomaba en sus brazos, diciéndole: «Estate aquí un poco conmigo», y él permanecía mucho tiempo con la cabeza apoyada en la suya, pensando. Y se decía entre sí: «¿Llegaré a verte, querida madre, al final de este viaje?» Marchaba sin interrupción en medio de árboles desconocidos, de extensas plantaciones de caña de azúcar y praderas sin fin, siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus altísimos picos y sus líneas sinuosas.