Corazón

Corazón

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Un instante después lanzó un grito agudísimo, intentando sentarse en la cama; pero tuvo que permanecer inmóvil, con los ojos desencajados y las manos en las sienes, cual si se tratase de una aparición sobrenatural.

Marco, extenuado y cubierto de polvo, estaba de pie en la puerta. El doctor le sujetaba por un brazo.

La mujer gritó:

—¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!

Marco se acercó, ella extendió sus descarnados brazos y, estrechándolo contra su pecho con la fuerza de una tigresa, comenzó a reír a carcajadas, mezclando la risa con profundos sollozos sin lágrimas, que le hicieron caer casi sin aliento en la almohada.

Pero pronto se repuso y gritó loca de alegría, cubriendo de besos la cabeza de su hijo:

—¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Pero eres tú? ¡Cuánto has crecido! ¿Quién te ha traído? ¿Has venido tú solo? ¿Te encuentras bien? ¡Eres tú mi Marco, no estoy soñando! ¡Dios mío! ¡Háblame! ¡Dime algo!

Luego, cambiando repentinamente de tono, añadió:

—¡No! ¡Todavía no! ¡No me digas nada! ¡Espera un poco!

Acto seguido, dirigiéndose al cirujano, exclamó:


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