Corazón
Corazón —¡Pronto, señor doctor! ¡Quiero curarme! ¡Estoy dispuesta! No pierda un instante. Llévense a mi hijo para que no sufra. Esto no es nada, ¿sabes, Marco? Ya me lo contarás todo. Otro beso, hijo. Ahora vete. ¡Aquà me tiene, doctor!
Sacaron a Marco de la habitación y salieron de ella apresuradamente los señores y las mujeres, quedándose únicamente el cirujano y su ayudante, que cerraron la puerta.
El señor MequÃnez trató de llevarse a Marco a una habitación alejada; pero le fue imposible, pues parecÃa que le habÃan clavado en el pavimento.
—¿Qué es? —preguntó—. ¿Qué tiene mi madre? ¿Qué le están haciendo?
El ingeniero le respondió muy bajito, intentando sacarlo de allÃ:
—Mira, escucha; tu madre está enferma y hay que hacerle una operación sencilla. Te lo explicaré todo. Ahora vente conmigo.
—No, señor —respondió el muchacho con obstinación—. Quiero quedarme aquÃ. DÃgame aquà lo que quiera.
El ingeniero amontonaba palabras sobre palabras, tratando de llevárselo, y el chico empezaba a asustarse y a temblar.
De pronto resonó por toda la casa un grito muy agudo, como el de un herido mortalmente.