Corazón

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—Perdone, pero quería preguntarle…

Mi padre le interrumpió:

—¿Cómo le ha ido por allá?

—Bien —le respondió él—. He traído algún dinero. Pero deseaba preguntarle cómo va la instrucción de mi mudita. Cuando la dejé, parecía una criatura insensible. ¡Pobre hija mía! Yo no tengo mucha fe en esos colegios. ¿Sabe usted si ha aprendido ya a hacer gestos? Mi mujer me decía en sus cartas que aprende a hablar y que adelanta. Yo digo que poco nos importa que aprenda a hablar si no podemos entendernos con ella por no saber hacer los gestos. ¿No le parece? Eso estará bien para que los mudos se entiendan entre sí…

Mi padre se sonrió y le dijo:

—No quiero adelantarle nada. Ya verá usted lo que hay. Vaya, vaya a verla, sin pérdida de tiempo.

Salimos. El colegio está cerca. Por el camino el jardinero me fue hablando mostrándose a cada paso más pesimista.

—¡Pobre Luisita mía! ¡Qué fatalidad nacer con esa desgracia! ¡Pensar que nunca me he oído llamar padre, ni ella ha oído la palabra hija, ni ninguna otra! ¡Ah! Y puedo dar gracias, que un señor caritativo le ha costeado la estancia en el colegio. Pero… no ha podido ir antes de los ocho años. Hace tres años que no está en casa. Va a hacer once. ¿Ha crecido? ¿Está contenta?


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