Corazón

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Fuimos en autobús hasta la Gran Madre de Dios, y luego, rápidamente, a pie por las colinas. Era una delicia disfrutar de tanto verdor, de sombra y frescura… Nos revolcábamos sobre la hierba, metíamos la cara en los arroyuelos y saltábamos por los vericuetos. Coretti padre nos seguía a gran distancia, con la chaqueta al hombro, fumando en su pipa, y de vez en cuando nos hacía señas con las manos para que tuviésemos cuidado y no nos rasgásemos los pantalones. Precossi silbaba; nunca le había oído silbar, y menos de tal manera. Coretti hijo hacía de todo por el camino; es un artista con su navajita de un dedo de larga; sabe hacer ruedecitas de molino, tenedores, barquitos… No sé cómo se las arregla; además, quería ayudar a llevar cosas de otros; tan cargado iba, que sudaba de lo lindo, pero no se quedaba atrás. Derossi se detenía a cada instante para decirnos los nombres de las plantas y de los insectos que encontrábamos a nuestro paso; no me explico cómo sabe tanto. Garrone, no podía ser de otra forma, no paraba de comer, pero caminaba en silencio; desde la muerte de su madre no parece el mismo, y ya no muestra la misma fruición de antes al mordisquear el pan. Pero continúa siendo tan bueno como siempre. Cuando alguno de nosotros tomábamos carrerilla para saltar un obstáculo, él se situaba al otro lado para tendernos las manos, y como quiera que a Precossi le daban miedo las vacas, porque de pequeño le había embestido una, Garrone se le ponía delante para protegerlo.


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