Corazón

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Subimos hasta Santa Margarita, y luego bajamos por la pendiente, dando saltos y echándonos a rodar. Precossi se enredó en una aliaga, se hizo un rasgón en la blusa y se quedó avergonzado con su jirón colgando; pero Garoffi, que siempre lleva alfileres en la chaqueta, se lo arregló de manera que casi no se advertía, mientras él no cesaba de decirle:

—¡Perdona, perdóname!

Garoffi no perdía el tiempo, mientras tanto: cogía hierbas para la ensalada, caracoles y cuantas piedrecitas relucían algo; se las guardaba en el bolsillo, pensando que quizás fuesen de oro o de plata.

Corríamos, saltábamos y nos echábamos a rodar, trepábamos a la sombra y al sol por todas las elevaciones y senderos, hasta que llegamos sin podernos tener de pie a lo más alto de una colina, donde nos sentamos o tumbamos sobre la hierba para merendar.

Desde allí se divisaba una llanura inmensa, viéndose al fondo los Alpes azulados, con sus cimas siempre blancas.



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