Corazón

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Teníamos un hambre atroz y el pan desaparecía como por encanto. Coretti padre nos daba lonchas de salchichón en hojas de calabaza. Empezamos a hablar de todo: de los maestros, de los compañeros que no habían podido participar en la excursión y de los exámenes. Precossi se avergonzaba algo de comer en presencia de los demás, y Garrone le ponía en la boca lo mejor de su fiambrera, haciéndoselo comer a la fuerza. Coretti estaba sentado junto a su padre, con las piernas cruzadas; más parecían dos hermanos que padre e hijo, viéndolos tan cerca al uno del otro, ambos con buen color, sonrientes y con los dientes blancos… El padre comía con gusto y apuraba los vasos que dejábamos a medias, diciéndonos:

—A los que estudiáis seguramente os hace daño el vino, pero los vendedores de leña lo necesitamos —Luego cogía por la nariz al hijo, lo zarandeaba y decía—: Muchachos, quered mucho a éste, que es un buen chico; ¡os lo digo yo!

Y todos reíamos, a excepción de Garrone.

—¡Qué lástima! —añadió—. Ahora estáis todos vosotros reunidos aquí, como buenos camaradas; pero dentro de unos años Enrique y Derossi serán, probablemente, abogados o profesores, u otra cosa por el estilo, y los otros trabajaréis en un comercio o en un oficio o Dios sabe en qué. Y entonces, ¡adiós compañerismo!


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