Corazón

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—¿Qué dice usted? —se apresuró a decir Derossi—. Para mí Garrone será siempre Garrone; Precossi, siempre Precossi, y los demás lo mismo, aunque llegase a emperador de Rusia. Donde estén ellos, iré yo.

—¡Bendito seas! —exclamó Coretti padre alzando la cantimplora—. ¡Así se habla, qué caramba! ¡Venga esa mano! ¡Vivan los buenos compañeros y viva también la escuela, que hace una sola familia de los que tienen y de los que no tienen bienes!

Todos tocamos con nuestros vasos su cantimplora y echamos el último trago. Se puso de pie, apurando la última gota, y luego gritó:

—¡Viva el Regimiento del cuarenta y nueve! Si alguna vez tuvieseis vosotros que luchar, a ver si os mantenéis tan firmes como estuvimos nosotros, muchachos.

Ya era bastante tarde, y emprendimos el camino de regreso cantando y correteando. A trechos íbamos con los brazos entrelazados. Llegamos al Po cuando empezaba a oscurecer y cruzaban el aire millares de pequeñas luciérnagas. Nos separamos en la plaza de la Constitución, después de haber acordado reunirnos todos de nuevo el domingo para ir al teatro Víctor Manuel a presenciar el reparto de premios a los alumnos de las escuelas nocturnas.

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EMPRENDIMOS EL CAMINO DE REGRESO CANTANDO

 


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