Corazón
Corazón ¡Qué día más delicioso pasamos! ¡Con qué muestras de contento habría entrado en mi casa de no haberme cruzado con mi pobrecita antigua maestra en la escalera, cuando se marchaba! Como la escalera estaba a oscuras, al principio no me reconoció; pero luego me tomó ambas manos y me dijo al oído:
—¡Adiós, Enrique; acuérdate de mí!
Me di cuenta que lloraba. Subí y se lo dije a mi madre, la cual me respondió:
—Va a meterse en cama. —Después dijo con tristeza y mirándome fijamente—: Tu pobre maestra… está muy mal.