Corazón
Corazón Estuvimos esperando largo tiempo en silencio. Finalmente, bajaron la caja. Cuando algunos niños vieron subir el féretro al carro fúnebre, empezaron a llorar fuertemente y uno comenzó a gritar como si sólo entonces se hubiera percatado de que su maestra había muerto; tan convulsivo era su llanto, que tuvieron que llevárselo.
La fúnebre comitiva se puso en marcha en orden y lentamente. En primer término iban las Hijas del Refugio de la Concepción, vestidas de verde; luego las Hijas de María, de blanco con lazos azules; después el clero, y, detrás del coche, las maestras y los maestros, los alumnos de la primera superior y todos los demás; por último, una multitud de personas. La gente se asomaba a las ventanas y a las puertas, y, al ver a los niños y las coronas, decían:
—Es una maestra.
Algunas señoras que acompañaban a los pequeños iban llorando.
Cuando el cortejo llegó a la iglesia, sacaron la caja del coche fúnebre y la pusieron en medio de la nave central, delante del altar mayor; las maestras depositaron sobre ella las coronas y los niños la cubrieron de flores. La gente, colocada a su alrededor, con las velas encendidas, empezó a cantar las oraciones de rigor en medio de la oscuridad del templo.