Corazón

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Ayer tarde, después de la clase, fuimos todos en grupo a la casa de la muerta, para acompañar su cadáver a la iglesia. En la calle la esperaba un carro fúnebre con dos caballos y mucha gente alrededor, que hablaba en voz baja. Estaban el Director y todos los maestros y maestras de nuestro grupo, así como de las demás escuelas donde había enseñado años atrás. Casi todos los niños de su clase, llevados de la mano por sus madres, iban con velas. También había muchos de otras clases y unas cincuenta alumnas del grupo Baretti, unas llevando coronas y otras, ramos de rosas. Sobre el ataúd habían colocado muchos ramos de flores y, pendiente del carro fúnebre, se veía una gran corona de siemprevivas con una inscripción en caracteres negros, que decía: A su maestra, las antiguas alumnas de cuarto. Por debajo de ella había otra pequeña, enviada por sus alumnos.

Entre la multitud se veían muchas sirvientas, enviadas por sus amas, con velas, e incluso dos lacayos de librea con cirios encendidos; un señor rico, padre de un alumnito de la difunta, había enviado su coche, forrado de seda azulada.

Todos se apiñaban ante la puerta de la casa. Varias chicas se enjugaban las lágrimas.


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