Corazón
Corazón El muchacho estaba para corresponder a su amiguita y desearle también una buena noche, cuando de pronto un inesperado golpe de mar lo lanzó violentamente contra un banco.
—¡Madre mía, sangras! —gritó la muchacha corriendo hacia él para atenderlo.
Los pasajeros, que se apresuraban a bajar a los dormitorios, no les hicieron el menor caso. La chica se arrodilló junto a Mario, que había quedado aturdido por el golpe; le limpió la frente, que le sangraba y, quitándose el pañuelo rojo, se lo ató alrededor de la cabeza; luego la apretó contra sí para hacer el nudo, quedándole una mancha de sangre en el vestido amarillo, a la altura de la cintura. Mario se repuso y se levantó.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó la chica.
—Ya no tengo nada —contestó.
—Que descanses —dijo Julita.
—Buenas noches —respondió Mario.
Y ambos bajaron por dos escaleras próximas a sus respectivos dormitorios.