Corazón

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Yo volví seguidamente a la clase para esperar a mi padre. Aún estaban allí casi todos. Me senté junto a Garrone. Yo no estaba contento. Pensaba que era la última vez que íbamos a vernos. Aún no le había dicho a mi buen compañero que al año siguiente no estaría en cuarto con él, porque tenía que marcharme de Turín con mi familia. Como siempre, estaba algo encogido, con la cabeza inclinada sobre el banco, pintando adornos alrededor de una foto de su padre, vestido de maquinista, un hombre recio y alto, con cuello de toro y aspecto serio y honrado como él. Mientras hacía sus dibujos, como tenía la camisa algo desabrochada, vi sobre su desnudo pecho la cruz que le regalara la madre de Nelli cuando supo que protegía a su hijo.

Me creí obligado a manifestarle que me ausentaría definitivamente de Turín. Haciendo un esfuerzo, le dije, sin mirarle:

—Garrone, este otoño mi padre se marchará de Turín para siempre.

Me preguntó si me marcharía yo también, y le respondí que sí.

—Entonces —añadió—, ¿no te tendremos de compañero en cuarto curso?

Le contesté que no. De momento se quedó callado, prosiguiendo su trabajo. Luego sin levantar la cabeza, me preguntó:

—¿Te acordarás de tus compañeros de tercero?


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