Corazón

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—Disculpadme —repitió el maestro— y no dejéis de quererme. El próximo curso ya no estaréis conmigo, pero os veré con frecuencia y permaneceréis en mi corazón. ¡Felices vacaciones, muchachos, y hasta la vista!

Dicho esto pasó entre nosotros y todos le tendían la mano, empinándose, subiéndose en los bancos, le tiraban de la chaqueta y le cogían los brazos. Algunos le abrazaron y cincuenta voces dijeron a coro:

—¡Hasta la vista, señor maestro! ¡Gracias por todo! ¡Que le vaya bien! ¡Acuérdese de nosotros!

Cuando salió estaba emocionado.

Abandonamos la clase en tropel. También salían al mismo tiempo de las otras clases y se produjo una gran confusión de saludos y de mutuas despedidas entre muchachos, maestros, padres y maestras.

La maestra de la pluma roja tenía cuatro o cinco niños encima y unas veinte criaturas a su alrededor, que no le dejaban respirar. A la «monjita» casi le habían destrozado el sombrero y la habían llenado de ramitos de flores que ponían en los ojales y en los bolsillos del vestido negro. Muchos felicitaban a Robetti, que aquel día era, precisamente, el primero que iba sin muletas.

Por todas partes se oía decir: «¡Hasta el próximo curso!» «¡Hasta el veinte de octubre!» «¡Nos veremos por Todos los Santos!»


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