Corazón
Corazón ¡Pobres maestras! Y aún van las mamás a quejarse. «¿Cómo es, señorita, que mi nene ha perdido la carterita?» «¿Por qué no aprende casi nada?» «¿Por qué no le da un premio a mi nena, que sabe tanto?» «¿Cómo es que no se ha ocupado de quitar del banco el clavo que ha roto los pantaloncitos de mi Pedrín?»
Alguna vez se enfada con los críos la maestra de mi hermanito y, cuando no puede aguantar más, se muerde un dedo para no propinar ningún cachete ni azotito; pero, cuando pierde la paciencia, se arrepiente enseguida y acaricia al nene que ha regañado: a veces se ve obligada a despachar de la clase a un pequeñuelo, pero contiene su pena y va a desahogarse con los padres, que por castigo dejan sin comer a sus niños.
La maestra Delcati es joven y alta; viste con gusto; es morena y vivaracha, y todo lo hace como movida por un resorte; se conmueve por cualquier cosa, hablando entonces con gran ternura.
—¿La quieren todos los niños? —le ha preguntado mi madre.