Corazón
Corazón —¿Qué quieres que haga? —me dijo—. Aprovecho el tiempo. Mi padre ha salido con el dependiente para cierto asunto; mi madre está enferma, y tengo que ocuparme de la descarga. Mientras tanto repaso la lección para mañana. Mi padre me ha dicho que estará aquà a las siete para pagarle a usted —dijo después al hombre del carro.
Al marcharse el carro, me dijo Coretti:
—Entra un momento al almacén.
Era un local bastante amplio, con montones de haces de leña recia y gavillas para encender. A un lado vi una romana.
—Hoy es dÃa de mucho trabajo, te lo aseguro —añadió Coretti—; por eso tengo que hacer los deberes de clase a ratos y como pueda. Estaba escribiendo las oraciones gramaticales que nos ha mandado cuando tuve que parar para despachar lo que me pedÃa la gente. Al reanudar el trabajo, se ha presentado el carro. Esta mañana ya he ido dos veces al mercado de leña, que está en la plaza de Venecia. Tengo las piernas que no me las siento, y las manos hinchadas. Menos mal que no he de hacer ningún dibujo. ¡Para eso estoy yo ahora! —y mientras hablaba iba barriendo las hojas secas y las pajillas que rodeaban el montón.
—¿Y dónde haces los deberes, Coretti? —le pregunté.