Corazón
Corazón —¡Ay! ¡Se me está saliendo el café! —gritó de pronto y corrió al fogón para apartar la cafetera del fuego. Luego añadió—: Es el café para mamá; he tenido que aprender a hacerlo. Espera un poco y se lo llevaremos; así te verá y se alegrará. Hace siete días que está en cama. ¡Accidentes del verbo! Siempre me quemo los dedos con esta dichosa cafetera. ¿Qué he de poner después de las mochilas para los soldados? Hace falta más, pero no se me ocurre de momento. Ven a ver a mamá.
Abrió una puerta y entramos en otro aposento pequeño, donde estaba la madre de Coretti en una cama grande, con un pañuelo blanco en la cabeza.
—Aquí tienes tu café, mamá —dijo Coretti, ofreciéndole la taza—. Este chico es un compañero mío de la escuela.
—¡Cuánto me alegro! —me dijo la mujer—; acostumbras a visitar a los enfermos, ¿no es verdad?
Entretanto Coretti arreglaba las almohadas que tenía su madre por detrás, componía la ropa de la cama, atizaba el fuego y echaba al gato de la cómoda.