Corazón

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—¿Qué haces aquí? —le preguntó el oficial, deteniendo el caballo—. ¿Por qué no te has ido con tu familia?

—Yo no tengo familia —respondió el muchacho—. Soy huérfano. Trabajo para todos. Me he quedado aquí para ver la guerra.

—¿Has visto pasar a los austríacos?

—No, señor, desde hace tres días.

El oficial se quedó pensativo; luego se apeó del caballo, y, dejando a los soldados allí, frente al enemigo, entró en la casa y subió al tejado… La casa era baja y desde el tejado sólo se abarcaba una pequeña extensión de terreno. «Hay que subir a los árboles», dijo para sí el oficial; y bajó.

Precisamente delante de la era había un fresno muy alto y delgado, cuya copa se mecía en el azul del cielo.

El oficial permaneció un instante indeciso, mirando ya al árbol, ya a los soldados; después preguntó, de pronto, al muchacho:

—¿Tienes buena vista, rapaz?

—¿Yo? —respondió el interpelado—. Le aseguro que veo un pajarillo a una legua de distancia.

—¿Te atreverías a subir a lo alto de ese árbol?

—¿Dice usted a la copa? En medio minuto estoy arriba.


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