Corazón

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—¿Y sabrás decirme lo que veas desde allí, si hay soldados austríacos por esa parte, nubes de polvo, fusiles que relucen, caballos…?

—¡Claro que sí!

—¿Qué debo darte por prestarme este servicio?

—¿A mí? ¡Qué ocurrencia! —dijo el muchacho, sonriéndose—. ¡Nada, naturalmente! ¡Faltaría más! Si fuese por los alemanes, ¡ni hablar!; pero se trata de los nuestros, y yo soy lombardo.

—Bueno. Sube, pues.

—Espere que me descalce.

Se quitó el calzado, se apretó el cinturón, tiró la gorra a unas matas de hierba y se abrazó al tronco del fresno.

—Pero oye… —exclamó el oficial con ánimo de detenerlo como sobrecogido por repentino temor.

El muchacho se volvió hacia él, mirándole con sus hermosos ojos azules, en actitud interrogante.

—Nada, nada —dijo el oficial—. Sube.

El chico se encaramó como un gato.

—Vosotros —dijo el oficial a los soldados— mirad hacia adelante.


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