Corazón

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Un tercer silbido rabioso pasó por lo alto, y casi al instante se vio al muchacho venir abajo, deteniéndose un segundo en el tronco y en las ramas, para luego caer al suelo de cabeza con los brazos abiertos.

—¡Maldición! —gritó el oficial, acudiendo en su ayuda.

El chico había caído de espaldas, quedando tendido con los brazos abiertos, hacia arriba; un reguero de sangre le salía del pecho por la parte izquierda. El sargento y dos soldados se apearon de sus caballos; el oficial se agachó y le separó la camisa: la bala le había penetrado en el pulmón izquierdo.

—¡Está muerto! —exclamó el oficial.

—No, ¡vive! —replicó el sargento.

—Ah, ¡pobre niño, valiente muchacho! —gritó el oficial—. ¡Animo, ánimo!

Pero mientras decía «ánimo» y le oprimía el pañuelo sobre la herida, el chico giró los ojos e inclinó la cabeza: había muerto.

El oficial palideció y estuvo contemplándole unos instantes; luego lo acomodó poniéndole la cabeza sobre la hierba; se levantó y permaneció un momento mirándole. También le miraban, inmóviles, el sargento y los dos soldados; los demás estaban vueltos hacia el enemigo.

—¡Pobre muchacho! —repitió tristemente el oficial—. ¡Pobre y valiente!


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