Corazón

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Pues bien, haz que pueda oír alguna vez ese augurio provocado y merecido por ti; prívate de algo o saca de vez en cuando unas monedas de tu bolsillo para ponerlo en la mano de un anciano sin protección, de una madre sin pan, de un niño sin madre.

A los pobres les gusta la limosna de los chicos porque no los humilla y porque se parecen a ellos al tener necesidad de otros. Por eso suele haber pobres cerca de las escuelas.

La limosna de un hombre es acto de caridad; pero la de un niño, además de caridad, es también como una caricia, ¿comprendes? Es como si de su mano se desprendiesen al mismo tiempo una moneda y una flor.

Piensa que a ti nada te falta, y que a ellos les falta todo; que mientras tú anhelas ser feliz, ellos se contentan con poder seguir viviendo. Piensa que es una injusticia social que en medio de tantos palacios, por las mismas calles que pasan lujosos coches y niños elegantemente vestidos, haya mujeres y niños que no tienen qué comer.

¡Qué horror, Dios mío, que chicos como tú, tan buenos e inteligentes como tú, viviendo en populosas ciudades, no tengan qué llevarse a la boca y arrastren una existencia infrahumana, parecida a las fieras perdidas en un desierto! ¡Ay, Enrique! ¡No pases nunca por delante de una madre que pide limosna sin dejar en su mano una moneda!


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