Corazón
Corazón —Ven —le dijo Garrone de forma imperativa—, yo te defenderé.
Y cogiéndole por un brazo le empujó hacia adelante, sosteniéndole como a un enfermo. La gente, viéndolo, lo comprendió todo enseguida, y algunos acudieron con los puños en alto. Pero Garrone se interpuso, gritando:
—¿Serán capaces de arremeter diez hombres contra un niño?
Entonces se contuvieron; un guardia municipal tomó a Garoffi de la mano y lo condujo abriéndose paso entre la multitud a una pastelerÃa, donde habÃan llevado al herido. Al verlo, reconocà de inmediato al viejo empleado que vive con su sobrinillo en el cuarto piso de nuestra casa. Lo habÃan recostado en una silla, poniéndole un pañuelo sobre los ojos:
—¡No lo he hecho adrede, ha sido sin querer! —decÃa, sollozando, Garoffi, medio muerto de miedo—. ¡Ha sido sin querer!
Dos o tres irrumpieron con violencia en la tienda y lo tiraron al suelo, gritando:
—¡Baja esa cabeza y pide perdón!
Pero de pronto dos vigorosos brazos le pusieron de pie, oyéndose una voz resuelta que dijo:
—¡No, señores!
Era nuestro Director que lo habÃa presenciado todo.
—Puesto que ha tenido el valor de presentarse —añadió—, nadie tiene derecho a maltratarlo.