Corazón
Corazón Todos guardaron silencio.
—Pide perdón —le dijo el Director.
Garoffi, llorando a lágrima viva, abrazó las rodillas del anciano, y éste buscando con la mano la cabeza del niño, le acarició el pelo.
—¡Ea, muchacho, vete a casa!
Mi padre me sacó de allí y por el camino me dijo:
—Enrique, en un caso análogo, ¿habrías tenido el valor de cumplir con tu deber e ir a confesar tu culpa?
Yo le respondí que sí.
El me replicó:
—Dame tu palabra de honor de que así lo harías.
—Te doy mi palabra, padre.