El Improvisador
El Improvisador Cuando salimos de la galería y llegamos a su hotel, Bernardo había pasado ya por allí a visitarla; le habían dicho que había salido con la anciana señora, y que yo las acompañaba. Imaginé que se habría sentido muy dolido pero, en lugar de entristecerme como en ocasiones anteriores, mi amor por Annunziata despertó mi rechazo y mi acritud hacia él; siempre había deseado, ciertamente, que yo tuviera temperamento y fuerza de voluntad, aunque fuera injusto con él; ahora habría de padecerlos.
Constantemente sonaban en mis oídos las palabras de Annunziata sobre el despreciado judío que tomó bajo sus alas a la avecilla silvestre; de forma que ella tenía que ser la misma persona que Bernardo había visto en casa del anciano Hanoch; aquella historia me resultaba apasionante, pero no había forma de empujarla a continuar el hilo.
Cuando volví al día siguiente, ella estaba en su dormitorio estudiando su nuevo papel, y me entretuve un buen rato con la anciana señora, que estaba más sorda de lo que yo pensaba; parecía muy agradecida de que hablara con ella. Me llamó la atención que ya la primera vez, después de mi improvisación, me había mirado con cordialidad y pensé que me habría oído.