El Improvisador

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Daba acceso a la sala de la tumba una amplia apertura con varios escalones descendentes; dentro ardía una fogata. Dos labriegos de fuerte constitución, cubiertos con pieles de cordero con la lana hacia afuera, y con grandes botas y sombreros puntiagudos con estampas de la Virgen María, estaban sentados en torno al fuego fumando sus pipas de tubo corto; una figura más pequeña, envuelta en una gran capa gris y con un sombrero de ala ancha calado sobre los ojos, se apoyaba en la pared mientras bebía de un frasco de vino, brindando por la salud y el alegre reencuentro. No había hecho más que ver al grupo cuando fui descubierto por ellos. Echaron mano de sus armas, que estaban en el suelo a su lado, como si temiesen un ataque, y al momento se enfrentaron a mí.

—¿Qué busca aquí? —preguntaron.

—Una barca para cruzar el Tíber —respondí.

—¡Pues busque todo lo que quiera! Aquí no hay más puente ni barca que los que pueda llevar uno mismo.

—Pero —comenzó el otro, mientras me estudiaba de arriba abajo—; se ha alejado usted mucho de la carretera, signore, y esta región no es nada recomendable por las noches. La banda del feroz de Cesaris[50] debe tener raíces bien largas, aunque el Santo Padre haya intentado sacarlas con la pala, así que lo mismo cae usted en sus brazos.


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