El Improvisador

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Una puertecita a un lado nos condujo al interior de un estrecho pasadizo; descendimos hasta la orquesta, luego a los distintos espacios para los músicos, los camerinos y el escenario mismo; la magnitud del conjunto me conmovió. Sólo podíamos iluminarlo parcialmente, pero me pareció mucho mayor que el Teatro San Carlo. Todo aparecía vacío, oscuro y desolado, mientras el mundo seguía ruidoso allá arriba. Igual que imaginamos que una raza desaparecida puede participar como espíritus en nuestras actividades y nuestra vida, así creía yo haber escapado de mi época y estar paseando, como una aparición, por aquellos lejanos tiempos. Sentí fuertes deseos de ver la luz del día, y al poco respirábamos de nuevo su cálida brisa.

Giramos a la derecha en la calle de Resina y ante nosotros se abrió un lugar excavado, aunque de menor tamaño; aquello era todo lo que de Herculano recibía la luz del sol, vimos una única calle, las casas con pequeñas, angostas estancias, paredes pintadas de rojo y azul; anunciaban tan sólo lo que nos esperaba en Pompeya.

Resina quedó a nuestra espalda, y ahora veíamos a nuestro alrededor una extensión que semejaba un espumeante mar negro como pez, solidificado en escorias de hierro; había edificios nuevos, pequeños viñedos verdeaban, una iglesia asomaba medio hundida en aquella tierra de la muerte.


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