El Improvisador

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—Yo mismo he presenciado esta destrucción —dijo Maretti—; era un niño, en la edad entre lactens y puer, si me permiten expresarlo así. Jamás olvidaré aquel día. Esta masa de escoria negra sobre la que ahora se desliza nuestro coche, era un ardiente río de fuego, vi cómo se precipitaba desde la montaña hacia Torre del Greco. Mi padre, beati sunt mortui, me cogía uvas maduras aquí al lado, donde ahora queda tan sólo esa costra negra, dura como una piedra. Las luces brillaban azules en la iglesia y los muros estaban rojos por el inmenso calor. Los viñedos quedaron cubiertos, pero la iglesia siguió en pie como un arca flotando sobre el llameante mar de fuego.

Igual que los pámpanos se enroscan con las pesadas uvas entre un árbol y otro, hasta parecer una única guirnalda, así va enlazándose un pueblo con otro en torno a la bahía de Nápoles[68]. Todo el camino, con la excepción de la zona arrasada que acabo de mencionar, parece una gran Via Toledo. Ligeros cabriolés sobrecargados de gente, jinetes a caballo y en burro se cruzaban en ambas direcciones; caravanas de viajeros, damas y caballeros, hacían su aportación a la viveza del cuadro.




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