Quédate conmigo...
Quédate conmigo... El tren serpenteaba entre paisajes desolados, una metáfora de la turbulencia en la mente de Kate. Cada kilómetro que la alejaba de Jack era un recordatorio de lo que había dejado atrás: el caos, el peligro, pero también una conexión inesperada. El dispositivo seguía en su bolso, un peso que no solo era físico. Representaba su responsabilidad, su lucha por sobrevivir y proteger algo más grande que ella misma.
Cuando llegó a su destino, una pequeña ciudad apartada, Kate encontró el lugar que Jack había descrito: un café destartalado con un letrero de neón parpadeante. Entró, escaneando las mesas hasta que vio a una mujer sentada al fondo. Su rostro era cálido, pero su postura denotaba autoridad.
—Kate, ¿verdad? —dijo la mujer, levantándose para estrecharle la mano.
—Sí. Jack me envió.
Kate le entregó el dispositivo, sus dedos aferrándose a él por un momento antes de dejarlo ir.
—¿Es esto lo que necesitas?
La mujer asintió, su expresión grave.
—Con esto, podemos derribar a los responsables. Pero debes saber que ahora eres parte de esto. Ya no hay vuelta atrás.