Quédate conmigo...
Quédate conmigo... El sonido de las puertas automáticas se mezcló con las risas de un grupo de hombres borrachos. Uno de ellos se le acercó demasiado, su rostro familiar y su sonrisa retorcida como una sombra que crecía bajo la luz tenue.
—¡Mira quién está aquí! La reina del espectáculo —dijo con un tono burlón.
Kate trató de ignorarlo, pero él se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal. Cuando intentó tocarla, un movimiento rápido interrumpió la escena. Un hombre alto, con una gorra y chaqueta militar, se levantó de su asiento y agarró al borracho por el hombro, lanzándolo hacia los asientos cercanos.
—Eso es suficiente —dijo el extraño con una voz fría, como el filo de una navaja.
El borracho intentó replicar, pero otro golpe certero lo dejó sangrando por la nariz. Los demás del grupo huyeron del vagón, arrastrando a su amigo fuera del tren en la siguiente estación.
Kate se quedó paralizada, observando cómo su salvador volvía a su asiento sin decir una palabra. Abrió un libro y continuó leyendo, como si nada hubiera pasado.
La curiosidad y la confusión se mezclaron en la mente de Kate. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué la había ayudado? Y, lo más inquietante, ¿por qué su mirada parecía esconder tanto dolor como la suya?
