Quédate conmigo...
Quédate conmigo... Mientras las luces del tren parpadeaban en el túnel, algo en el aire había cambiado. Y aunque Kate no lo sabía aún, ese encuentro marcaría el inicio de un camino que la empujaría hacia lo desconocido.
El día siguiente empezó como cualquier otro: Kate sirviendo cafés en el bullicioso SoHo, su uniforme de camarera ocultando las marcas de una noche extenuante. Los clientes entraban y salían como un río interminable, pero su mente seguía atrapada en la imagen de aquel hombre en el metro. Ese extraño con su libro y su mirada impenetrable había dejado algo en ella. Una pregunta sin respuesta.
—¿Estás bien? —preguntó Rose, la mujer que cuidaba de Cody, su hijo, mientras Kate trabajaba.
—Sí, solo cansada —mintió Kate con una sonrisa forzada.
Las horas pasaron y, al terminar su turno, Kate tomó el metro de regreso a casa. Esta vez, no había risas ruidosas ni borrachos, solo el zumbido mecánico del vagón y el eco de sus propios pensamientos. De pronto, una figura familiar subió en la siguiente estación. El hombre de la noche anterior.
Kate intentó no mirarlo, pero era imposible. Había algo en él que la atraía, una combinación de peligro y serenidad que no encajaba con nada de lo que conocía.
