Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai El espadero no era un simple artesano, sino un artista con inspiración, y su taller un santuario. Para ejercer su oficio, empezaba el día con la oración y la purificación, o, como decía la expresión: «Comprometía su alma y su mente en forjar y templar el acero». Cada golpe del mazo, cada inmersión en el agua, cada fricción en la piedra de afilar, era un acto religioso de gran trascendencia. ¿Era el espíritu del maestro o del dios que le inspiraba, el que lanzaba un formidable hechizo sobre nuestra espada? Perfecta como una obra de arte, dispuesta a desafiar a sus rivales de Toledo y Damasco[319], había más de lo que el arte podía transmitir. Su fría hoja, que condensa en su superficie el vapor de la atmósfera al instante de desenvainarla; su tacto inmaculado, con destellos de tonos azulados; su filo sin igual, sobre el que penden historias y posibilidades; la curva de su dorso, que une la gracia exquisita con la máxima resistencia; todo ello nos emociona, con sentimientos encontrados de poder y belleza, de admiración y terror. Su misión sería inofensiva, ¡si solo fuera un objeto de belleza y júbilo! Pero, siempre a mano, la tentación de abusar de ella no era nada desdeñable. Con demasiada frecuencia salía la hoja como un destello de su pacífica vaina. A veces el abuso llegaba al extremo de probar el acero adquirido en el cuello de una criatura inofensiva.