Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai ¡Juego limpio en el combate! Cuántos gérmenes de moralidad fecunda yacen en este instinto primitivo de la brutalidad y la infancia. ¿Acaso no es el origen de todas las virtudes militares y cívicas? Nosotros nos burlamos (¡como si ya lo hubiéramos dejado atrás!) del deseo infantil del pequeño británico, Tom Brown, «de dejar tras él el nombre de un compañero que nunca había molestado a un niño más pequeño, ni dado la espalda a uno mayor»[49]. Y, sin embargo, ¿quién no cree que este deseo es la piedra angular sobre la cual pueden levantarse estructuras morales de grandes dimensiones? Yendo más lejos aún, ¿no se podría decir que la religión más noble, la que más ama la paz, hace suya esta aspiración? El anhelo de Tom es la base sobre la que se levanta, en gran parte, la grandeza de Inglaterra, y no tardaremos en descubrir que el bushido se erige sobre un pedestal no menos trascendental. Aunque el combate en sí, ya sea ofensivo o defensivo, es, como afirman acertadamente los cuáqueros[50], brutal y perverso, a pesar de todo, podemos decir con Lessing[51]: «Sabemos de qué defectos nacen nuestras virtudes»[52]. «Soplones» y «cobardes» son los epítetos más ignominiosos para las naturalezas sanas y simples. Los niños empiezan a vivir con esas nociones, igual que los caballeros; pero a medida que la vida se agranda y se extiende a múltiples facetas, la fe primitiva busca la aprobación de una autoridad superior y de fuentes más racionales que la justifiquen, la satisfagan y la desarrollen. Si los sistemas militares hubieran funcionado por su cuenta, sin un apoyo moral más elevado, ¡cuán inferior habría sido el espíritu caballeresco del ideal del guerrero! En Europa, el cristianismo, interpretado con concesiones que convenían al ideal caballeresco, le infundió, no obstante, contenido espiritual. «La religión, la guerra y la gloria eran las tres almas del perfecto caballero cristiano», afirma Lamartine[53]. En Japón, el bushido también tenía varias fuentes.