Bushido, el código samurai

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El bushido no daba mucha importancia al saber como tal, que no debía buscarse como un fin en sí mismo, sino como un medio para alcanzar la sabiduría. En consecuencia, quienes se limitaban a este fin, se consideraban como prácticas máquinas, que podían producir poemas y máximas sin orden ni concierto. Por consiguiente, el saber se concebía de idéntico modo que su aplicación práctica en la vida real; y esta doctrina socrática encontró su mejor exponente en el filósofo chino, Wan Yang Ming[72], que nunca se cansaba de repetir: «Saber y actuar son la misma cosa». Pido permiso para una digresión momentánea mientras estoy con este tema, habida cuenta de que algunos de los bushi más nobles se vieron muy influidos por las enseñanzas de este sabio. Los lectores occidentales reconocerán fácilmente en sus escritos muchos paralelismos con el Nuevo Testamento. Teniendo en cuenta los términos propios de cada una de las enseñanzas, el pasaje «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas»[73], transmite una idea que puede encontrarse casi en cada página de Wan Yang Ming. Uno de sus discípulos japoneses[74] dice: «El señor del Cielo y la Tierra, de todos los seres vivos que moran en el corazón del hombre, se convierte en su espíritu (Kokoro); por tanto, el espíritu es algo vivo y siempre luminoso» y, de nuevo, «la luz espiritual de nuestro ser esencial es pura, y no se ve afectada por la voluntad del hombre. Surge espontáneamente en nuestro espíritu y nos muestra lo bueno y lo malo; entonces se llama conciencia; es la luz misma que procede del Dios del cielo». ¡Cómo de parecidas suenan estas palabras a ciertos pasajes de Isaac Pennington[75] o de otros filósofos místicos! Me inclino a pensar que el espíritu japonés, tal como se expresa en los simples principios de la religión sintoísta, se mostró especialmente receptivo con los preceptos de Yang Ming. Llevó su doctrina de la infalibilidad de la conciencia al trascendentalismo extremo, atribuyéndole la facultad de percibir no solo la distinción entre el bien y el mal, sino también la naturaleza de hechos y fenómenos físicos[76]. Llevó el idealismo[77] hasta el extremo de Berkeley y Fichte, o incluso más lejos, negando la existencia de las cosas que escapaban al conocimiento humano. Si bien su sistema contenía todos los errores de lógica atribuidos al solipsismo[78], también tenía toda la eficacia de una convicción sólida, y su repercusión moral en el desarrollo de la individualidad y ecuanimidad de carácter no puede refutarse.


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