Bushido, el código samurai

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La mentira y el equívoco se consideraban igual de cobardes. El bushi sostenía que su elevada posición social exigía un nivel de veracidad superior al de los comerciantes y campesinos. Bushi no ichi-gon (la palabra de un samurái, o en el equivalente exacto en alemán, ritterwort) era garantía suficiente de la verdad de una aserción. Su palabra tenía tanto peso que por lo general las promesas se hacían y se cumplían sin un compromiso por escrito, que se habría considerado indigno. Se contaban muchas anécdotas trepidantes sobre aquellos que habían pagado con la muerte por ni-gon, embusteros[165].

El respeto por la veracidad era tan grande que, a diferencia de la mayoría de los cristianos que sistemáticamente contravienen el claro mandamiento del Maestro de no jurar en vano, el mejor de los samuráis consideraba un juramento como denigrante para su honor. Soy perfectamente consciente de que juraban por diferentes dioses o sobre sus espadas, pero los juramentos nunca degeneraron en fórmulas sinsentido y promesas irrespetuosas. Para hacer hincapié en nuestra palabra, a veces se recurría a la práctica de, literalmente, sellarla con sangre[166]. Para explicar dicha práctica, me basta con remitir a mis lectores al Fausto de Goethe[167].



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