Cantar de mío Cid
Cantar de mío Cid Luego a Martín Antolínez, ese burgalés de pro, llama el Cid, su brazo tiende y Colada le entregó: “Martín Antolínez sois vasallo de lo mejor, tomadme vos esta espada, que la gané a buen señor, a Ramón Berenguer de Barcelona la mayor.
Para que me la cuidéis muy bien os la entrego yo.
Sé que si algo os ocurre, o si se ofrece sazón, sabréis ganaros con ella, don Martín, honra y valor”.
Al Cid la mano le besa y la espada recibió.
Entonces se puso en pie Mío Cid Campeador.
“Gracias al Señor del cielo y gracias a vos, señor, en esto de las espadas ya estoy satisfecho yo, pero otra queja me queda contra infantes de Carrión.
Cuando a mis hijas sacaron de Valencia la mayor, en oro y plata entregué tres mil marcos a los dos; esa acción me la pagaron ellos con su mala acción, devuélvanme mis dineros, que ya mis yernos no son”.
¡Dios, y como se quejaron los infantes de Carrión!
Dijo el conde don Ramón: “Contestad que sí o que no”.
Entonces así responden los infantes de Carrión:
“Ya le dimos sus espadas a Mío Cid Campeador, para que más no pidiese; su demanda ya acabó”.
Ahora oiréis lo que contesta ese conde don Ramón:
“Fallamos, si así le place a nuestro rey y señor, que a la demanda del Cid debéis dar satisfacción”.