Cantar de Valtario

Cantar de Valtario

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IV

EL FUGITIVO VALTARIO —como ya he dicho— caminaba de noche, y de día, adentrándose en lo más espeso de los bosques, atraía con maña a los pájaros y con maña los capturaba, cazándolos unas veces con liga y otras con horquillas de madera. Y cuando llegaba a un lugar por donde fluían ríos serpenteantes, arrojaba el anzuelo al agua, arrebatando al río la presa. De este modo, y sin escatimar esfuerzos, conseguía ahuyentar el tormento del hambre. Y durante todo el tiempo que duró la fuga, se abstuvo de trato carnal con la doncella el héroe digno de alabanza, el valiente Valtario.

Cuarenta veces ha completado el sol su giro desde que abandonó la corte de Panonia. Ese mismo día, cuadragésimo de la serie, llega al anochecer a orillas del Rin, allí por donde el río encamina su caudal hacia la ciudad de Worms, espléndida sede real. Con los peces que lleva en las alforjas paga Valtario el pasaje al barquero y, una vez en la otra ribera, prosigue velozmente u camino.

Apenas había disipado el nuevo día las negras tinieblas, cuando el barquero se dirigió a la ciudad antes mencionada y llevó al cocinero mayor del rey los peces que le había dado el viajero. Una vez cocinados, se los presentaron al rey Guntario, quien se quedó estupefacto al verlos y dijo desde su alto sitial:


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