Cuentos Chinos
Cuentos Chinos En los tiempos en que reinaba el rey Mu de Dschou llegó un mago de más allá del oeste, que podía andar sobre el agua y el fuego, que era capaz de doblar el metal y las piedras, trasladar los ríos y las montañas, hacer desaparecer ciudades y pueblos, subir sin escaleras, sin caerse, y atravesar los cuerpos sólidos sin sentir molestia alguna. Y no sólo podía cambiar el estado de los objetos, sino que también era capaz de cambiar los pensamientos de los humanos. El emperador le honraba como a un dios y le servía como si fuera su señor. Ordenaba sus cámaras para alojarle, hacía que le trajeran animales sacrificados y le elegía cantantes para divertirle. Las cámaras del palacio del rey no eran bastante para el mago; la comida de la cocina del rey olía demasiado mal para poder disfrutarla; las mujeres del harén del rey, demasiado feas para que se acercara a ellas. El rey Mu hizo que le construyeran un palacio nuevo. El trabajo de los albañiles y de los constructores, los pintores y los mejores artistas, nada se había escatimado a lo que la destreza podía desear. Las cámaras del tesoro estaban vacías, cuando la torre alcanzó su altura definitiva. Tenía una altura de mil brazas y se alzaba por encima de la cumbre de la montaña de la capital. El rey buscó las mujeres más bellas y tiernas, las perfumó, hizo que les perfilaran bellamente los ojos y las adornó con joyas y pendientes. Las hizo vestir con finas telas rodeándolas de seda; los rostros eran blancos, los ojos pintados de negro, adornadas de pulseras de piedras preciosas y perfumadas con hierbas olorosas. Llenaron el palacio y cantaron las canciones de los antiguos reyes para alegrarle. Cada mes le llevaban los más ricos trajes y cada día las viandas más finas. El mago no estaba contento; como no podía hacer otra cosa, se conformaba con ello.
