Cuentos Chinos
Cuentos Chinos No mucho después invitó al rey a que hiciera un viaje con él. El rey se agarró a las mangas del traje del mago. Así subieron a las alturas hasta llegar al centro del cielo. Cuando se pararon, el mago era de oro y de plata, adornado con perlas y piedras preciosas. Subía por encima de las nubes y de la lluvia. No sabía dónde descansar. A los ojos se ofrecían una especie de nubes amontonadas. Lo que se presentaba a los sentidos eran cosas muy distintas del mundo de los humanos. Al rey le parecía que estaba realmente en medio de las profundidades púrpuras de la ciudad del Éter, en la armonía de las esferas celestes, donde vive el dios todopoderoso. El rey miró hacia abajo y vio su palacio y sus alegres casas como si fueran una bola de tierra y montones de paja. El rey se quedó algunos decenios en las alturas y no volvió a pensar en su reino.
El mago volvió a invitar al rey a que viajara con él. En el lugar al que llegaron no se veía el sol y la luna en las alturas, ni los ríos ni el mar. La luz que había no podían reconocerla los cegados ojos del rey; los lamentos que llegaban allí no podían ser escuchados por el oído ensordecido del rey. Su cuerpo parecía disolverse en el desconcierto, sus pensamientos enloquecieron y la conciencia le empujaba al mareo. Entonces le rogó al mago que volvieran. El mago le volvió la espalda; entonces el rey sintió que caía en el vacío.