Cuentos Chinos

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Dschuang Dsi le preguntó con asombro qué estaba haciendo.

«El tonto de mi marido —le respondió la mujer— desgraciadamente se ha muerto. Cuando vivía siempre fue bueno conmigo. Ahora está muerto. Cuando iba a morir, me exhortó a que, si quería tomar otro esposo, debía esperar a que su cuerpo se enfriara en la tumba. Entonces me dije que la tierra recién movida no iba a secarse de repente, por eso abanico la tumba».

«¿Queréis que la tierra de la tumba se seque? ¡No hay nada más fácil! ¿Me permitís que os ayude?».

Mientras hablaba, cogió el abanico, dijo un encantamiento, abanicó un par de veces la tumba y la tierra se secó.

La joven estaba encantada, le dio las gracias a Dschuang Dsi, le dio el abanico de seda como regalo de despedida y siguió alegremente su camino.

Dschuang Dsi llegó a su casa y se sentó en el jardín. Tenía en la mano el abanico y lo miraba. Se sentía interiormente molesto y sollozó largamente.

Su esposa era de la familia Tián, cuyo antepasado era la antigua familia de príncipes de los Tsi. Era una mujer hermosa y joven. Era su tercera mujer. La primera había muerto, la segunda la había repudiado y la había tomado a ella como tercera mujer.


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