Cuentos Chinos
Cuentos Chinos «Ya sabía que iba a pareceros mal —le replicó la vieja—, pero como el viejo me presionó tanto, no pude por menos que hablaros de su propósito».
«Dile al viejo que si en el día de hoy es capaz de traerme dos piedras de jade blanco y cuatrocientas plomadas de oro amarillo, estoy de acuerdo en darle a mi hija por esposa».
Lo único que quería era burlarse de la audacia del viejo; pues sabía que no sería capaz de conseguirlo. La vieja fue a ver al viejo Dschang y se lo dijo. Él se puso muy contento y llevó inmediatamente el oro y las piedras preciosas a la casa del señor We. We se asustó mucho y, cuando se lo contó a su mujer, ella empezó a lamentarse a gritos y a quejarse. La muchacha habló con su madre: «Mi padre ha dado su palabra y no puede incumplirla. Sabré aceptar mi suerte».
Así que el señor We le concedió la mano de su hija al viejo Dschang. Él no dejó de dedicarse a su jardín después del matrimonio. Acarreaba abono, araba el campo y vendía verduras como antes. Su mujer tenía que ir ella misma a buscar agua y encender el fuego para cocinar. Lo hacía sin avergonzarse de ello. Sus parientes se lo recriminaban; pero ella no lo tomaba en cuenta.