Cuentos Chinos

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En aquella época, Mulián había alcanzado el estado de Buda. Sabía que su madre había muerto. Por eso descendió al mundo inferior y se presentó ante el rey de los muertos. Quería llevarle a su madre un platillo de limosnas lleno de arroz para que lo comiera. El príncipe de los demonios le dio su consentimiento, pero le dijo: «Me temo que, aunque quiera comer, no pueda. El castigo que ella misma se buscó no lo permitirá».

Mulián se dirigió al infierno de los hambrientos y le dejaron ver a su madre. Los esbirros apagaron las lámparas que tenía delante de sus ojos y le desataron la lengua. Cuando Mulián vio a su madre, se arrojó a sus pies sollozando, también la madre lloraba y le decía: «Tengo mucha hambre».

Mulián le trajo su plato de limosna con comida. Pero cuando quiso tragar, salió fuego desde su estómago a la boca, de forma que no podía comer nada. Los cancerberos volvieron a meterla en el infierno y cerraron la puerta tras ella.





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