Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Mulián era un conocido budista de su época. En su más tierna juventud ingresó en un convento y accedió al conocimiento de las ciencias, convirtiéndose en Buda. Su madre, sin embargo, era tosca y envidiosa. Desconfiaba de los dones de los dioses y cogía el pan con los pies; los restos de comida estaban por todas partes en el suelo de su casa. Y cuando un mendigo le pedía comida no le escuchaba. Por esta razón, contrajo disfagia y tuvo que padecer hambre durante largos días. Terminó muriendo. Dos diablos la arrastraron a los infiernos, torturándola de todas las formas posibles; de camino pasaron por la montaña de las Acciones y el río del Mundo Inferior.
Cuando llegaron al mundo inferior, el rey de los muertos estaba muy enfadado y ordenó que la encerraran en el infierno de los hambrientos. Las tripas le hacían más ruido que los truenos a causa del hambre: pero no le dieron ni un miserable grano. Cada vez que gritaba de hambre, hacían lo mismo todos los espíritus hambrientos. Por eso los esbirros le sujetaron la lengua con una lanza de hierro, de forma que no podía articular ningún sonido; le encendieron dos lámparas delante de los ojos, para que no pudiera ver. Le hubiera gustado volver a morirse; pero no le era posible.
