Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Mientras tanto, el esclavo había traído una mesa y sillas. Las dieciocho tías se sentaron a la cabecera, luego las muchachas, y el sabio se sentó entre ellas en el último sitio. Poco después, la mesa estaba llena de exquisitos manjares y de excelentes frutas y las copas estaban llenas de vino perfumado. Eran placeres que el mundo de los hombres no conocía. La luna brillaba clara y las flores esparcían olores embriagadores. Cuando las muchachas estuvieron cansadas de beber, se levantaron, bailaron y cantaron. En la noche oscura se oían melodías agradables y el baile era parecido a las mariposas, que vuelan de flor en flor. El sabio estaba tan encantado que no sabía si se encontraba en la tierra o en el cielo.
Cuando terminaron de bailar, las muchachas se volvieron a sentar a la mesa y bebieron en las copas circulares, brindando por las tías. También dedicaron un brindis al sabio, quien respondió con tiernas palabras.
Pero las dieciocho tías eran de poca resistencia corporal, y el vino empezaba a dejar sentir sus efectos. Cuando una de ellas levantó la copa, le temblaba ligeramente la mano y, antes de que se diera cuenta, le echó un poco de vino a Púnica en las vestiduras. Púnica, que era joven, de carácter fogoso y de espíritu puro, se levantó enfadada cuando vio que su túnica roja estaba manchada de vino.