Cuentos Chinos

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Hubo una vez un sabio que se había retirado a un templo de una montaña para estudiar. Una noche de verano estaba sentado en el patio, disfrutando del frescor, cuando, de repente, oyó un golpe de viento y la puerta de entrada al templo se abrió. Entró un monstruo que parecía un ogro. Medía diez pies de altura y se sentó en el tejado. Sus enormes piernas eran tan gruesas como los troncos de árbol. Su cabello era como breza de hierba. El sabio se escondió en su habitación, cerró la puerta y se metió en la cama. Un crujido, y la puerta cedió; el monstruo entró en el cuarto iluminado por la lámpara. Su rostro medía varios pies y era negro como el humo y el carbón. Se dirigió pesadamente hacia la cama. Al hombre, con la angustia de verse morir, no se le ocurrió más que coger una espada para defenderse, hundiéndosela en el vientre; pero se estrelló con un chirrido como si chocara con piedra dura. Entonces el espíritu se enfadó, le arrancó la espada de la mano y la rompió como si fuera una ramita seca. El hombre se arrebujó en sus mantas y el espíritu le agarró con su monstruoso puño como si espantara una mosca o un mosquito. Pero, como sus dedos eran muy torpes, el hombre se escapó y se escondió debajo de la cama. El espíritu sólo se llevó la ropa de cama cuando se marchó.

Al despuntar el día, el sabio se volvió a su casa rápidamente y nunca más se atrevió a volver al templo.


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